“Me interesa que el público cuestione la falta de sensibilidad hacia las vivencias ajenas”
En esta entrevista, la directora teatral profundiza en su más reciente proceso creativo a partir de la obra de Mauricio Barría, abordando la reescritura dramática, el diálogo interdisciplinario y las preguntas urgentes sobre la identidad chilena y la migración en la actualidad.
Con “Páramo, paisaje desértico de altura”, en la Sala UPLA, finaliza Escena UPLA 2026, ciclo financiado por la línea de Apoyo a Teatros Universitario del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (Mincap). La propuesta teatral cuenta con las actuaciones de Alexander Castillo, Nury Ortego-Farré, Michelle Poblete y Sandra Pérez Rangel.
¿Cómo ha sido el proceso de trabajo a partir del texto de Mauricio Barría y por qué decidiste trabajar con él?
- Elegí el texto porque, en primer lugar, cuando vi la convocatoria de postulación, ya venía con la inquietud de abordar el tema de la migración. No solo por haberlo vivido de manera personal —en un contexto, por cierto, mucho más resguardado que el de otras personas—, sino porque estuve cerca de muchos procesos migratorios. En las oficinas de extranjería ves muchos rostros y situaciones: gente muy estresada, familias con bebés, personas llorando, respuestas afirmativas y negativas. Viví esa cuota de estrés por el solo hecho de tramitar un documento de identidad. Quedé con la necesidad de volcar esa vivencia en la escena.
Buscaba una dramaturgia chilena y entre las alternativas que revisé, la obra de Mauricio Barría era la más contundente. Espero que paulatinamente aparezcan nuevas voces que hayan transitado el duelo migratorio y levanten sus propios textos.
¿Qué elemento particular le dio esa contundencia al texto?
- Que el personaje del migrante tenía un discurso, algo propio que decir; no estaba construido desde el lugar de la víctima. Además, me atrajo el imaginario de los personajes: por ejemplo, una vendedora de ropa, lo que conectaba con un trabajo previo que yo venía realizando sobre el fast fashion y el desierto de Atacama.
Uno nunca lee un texto desde cero; influyen las lecturas y cruces personales. En mi caso, dialogaba con la territorialidad del norte, la identidad marrón y referencias teóricas como El sentido de lo marrón de José Esteban Muñoz . Todo ese bagaje hizo match con la obra. Sin embargo, al releerla tiempo después, advertí puntos de distanciamiento. Por ello me reuní con Mauricio para comprender su perspectiva y tomar decisiones de dirección que implicaban distanciarme de la versión original.
¿En qué aspectos o pasajes del texto no estabas del todo de acuerdo?
- Más que un desacuerdo conceptual, sentía que ciertas miradas quedaban atemporales o distantes de mi propia experiencia. Mauricio escribió desde Santiago, mientras que mi imaginario es regional y local. Cuando él pensaba en vendedores de un centro comercial, yo imaginaba las ferias populares; cuando él no concebía el desierto al redactar, para mí era una imagen primaria.
Por otro lado, está la perspectiva de género y diversidad. Mi entorno cercano está muy vinculado a las disidencias sexuales y a la bisexualidad, mientras que el texto original poseía una dureza estructural con la que no conectaba. Le pregunté directamente a Mauricio cuál era la "luz" de su texto, y él me explicó que, por su generación y contexto de escritura, esa dimensión no estaba dada de antemano y debía hallarse o reescribirse en la escena.
Sabía que no todo dependía de la dramaturgia escrita: la dirección y el elenco le darían esa resolución. Incorporar al elenco a una actriz con vivencia migratoria directa no era para tener un personaje caricaturesco, sino para aportar su universo, sus contradicciones y poner en tensión el texto. La luz de la obra surgió justamente de esa vivencia compartida y no solo del papel.
¿Cómo impactó la llegada del elenco y de una integrante migrante en la reescritura de la obra?
- Generó revisiones profundas sobre lo que se decía y cómo se decía. Aunque se trata de un personaje de ficción, la experiencia personal de la actriz aporta un peso inevitable. Fuimos ajustando y matizando para evitar los prejuicios e ideas preconcebidas que muchas veces tenemos interiorizadas.
Un principio fundamental en mi trabajo de dirección —tanto en temáticas de género como de migración— es no poner la energía en el agresor ni en la victimización, sino en la reparación, la autonomía y la capacidad de resistencia. En la obra, el personaje del Migrante sostiene una gran autonomía pese a la adversidad. Hay miedo, pero no victimización. Trabajamos la autodefensa en escena, incorporando dinámicas físicas que no estaban en la dramaturgia original.
Diálogo interdisciplinario
A nivel de estructura y personajes, ¿mantuviste la propuesta original?
-Sí, la esencia de los cuatro personajes se mantiene. Las modificaciones principales estuvieron enfocadas en los espacios, los tiempos y las dinámicas entre ellos.
Se incorporaron también textos poéticos de Raúl Zurita. ¿Cómo se integra la poesía dentro de la puesta en escena?
- Es un compilado de versos que abordan las voces del desierto. En mi trabajo recurro frecuentemente a la imagen de lo sagrado y a la tragedia clásica, dialogando con diversas concepciones de lo divino. En esta obra, esa dimensión divina se materializa en el propio espacio escénico y en el dispositivo técnico. Queríamos que ese dispositivo hablara, y la poesía de Zurita nos brindó el lenguaje preciso para entablar ese diálogo.
¿Cuál es la pregunta central que formula la obra?
- Más que hablar únicamente de migración, la obra aborda una crisis de identidad contemporánea. El personaje del migrante le plantea una pregunta directa a la sociedad chilena: ¿quiénes somos hoy? Pone en evidencia las fracturas de lo que entendemos por nación o patriotismo.
Vivimos en un territorio profundamente mestizo, "manchado" o contaminado en el sentido de que no existe una pureza cultural. Sin embargo, las fronteras institucionales y el miedo transforman al otro en una amenaza o en un enemigo interno. La obra retrata esa tensión constante de la frontera, el deseo aspiracional de visibilidad y el aislamiento.
¿Cómo se traduce esta propuesta en el diseño escénico y la relación con el público?
- El punto de partida fue la imagen de un vehículo en medio del desierto. A partir de allí, junto a la diseñadora Estefany Duarte, conceptualizamos un dispositivo espacial e interactivo.
¿Qué impacto esperas que tenga la obra en el espectador?
- Busco despertar empatía. Me interesa que el público experimente la sensación de estar bajo la lupa o en una posición de vulnerabilidad y que cuestione la falta de sensibilidad hacia las vivencias ajenas. Entender la identidad y la convivencia como un espacio común donde todos estamos interconectados. Si logramos desmontar, aunque sea mínimamente, la tendencia a ver al otro como un enemigo, el proceso habrá valido la pena.


